Segundo Premio - CONCURSO LITERARIO CREARTE 2020 - Ganador, categoría: cuento corto
Puerta a
puerta con la muerte
—La verdad
es que ésa tobillera me da cierto morbo —me susurró Dylan, cogiéndome con
fuerza por la cadera mientras yo no paraba de cabalgarle, concentrada: ¿De
veras tenía que fijarse en aquel estúpido chisme en un momento cómo aquel?—. Es
señal de que has sido muy, muy mala... —incliné mi cuerpo hacia atrás cuando un
fuerte orgasmo me recorrió el cuerpo, notando cómo su duro miembro parecía
adentrarse más en mi interior, alargando dulcemente el placer, hasta acabar
apoyándome con cuidado sobre él, ralentizando el frenesí de mis caderas sobre
su ombligo hasta detenerme.
Le sonreí
cariñosamente antes de que me besara.
—No entiendo
cómo ésta maldita cosa puede darte morbo —le dije todavía con voz entrecortada
mientras esperaba a que el corazón volviera a latirme con normalidad—. Es un recuerdo constante de que estoy
prisionera en mi propia casa. —Mis piernas temblaban ligeramente debido al
ejercicio practicado, y un súbito frío no tardó en envolverme en cuanto el
sudor de mi piel empezó a enfriarse.
No estaba
muy segura de la estabilidad de mis piernas en aquel momento, pero aun así
decidí levantarme y vestirme: había perdido la noción del tiempo, pero algo me
decía que su turno estaba a punto de finalizar, y su compañero de relevo no
tardaría en aparecer para vigilarme cómo si fuese una criminal de alto riesgo.
Ni siquiera
tenía derecho a un teléfono móvil o acceso a internet.
—Quisiera
poder pasar las noches también contigo —se lamentó, todavía sin levantarse del
lavabo. Le miré a través del espejo, y vi en sus ojos aquel brillo que
desprendían siempre cada vez que llegaba el momento de vestirse y largarse—. Las horas sin ti son un infierno —agregó, apartando finalmente la mirada.
Yo no sabía
qué decir.
Me sentía
exactamente cómo él, y aquello lograba confundirme cada vez más: ni siquiera
sabía cómo demonios habíamos comenzado todo, no recordaba en qué momento ambos
habíamos bajado la guardia y habíamos acabado haciendo el amor de un modo
salvaje en las distintas estancias de mi humilde piso.
Sin embargo,
sí era consciente del riesgo que suponía que un agente de policía mantuviera
relaciones íntimas con una presa, y aunque en más de una ocasión me había
planteado el hecho de decirle que se había terminad,o fuera lo que fuese lo que
ambos teníamos, no me había sentido capaz de hacerlo: estar con él aunque fuese
durante ocho míseras horas se había convertido en una necesidad para mí de tal
modo, que incluso llegaba a asustarme.
—No soy ése
tipo de mujer con la que un hombre pasaría el resto de su vida —musité en un murmullo, mientras me peinaba
con rapidez, evitando devolverle la mirada a través del espejo—. Menos cuando
estoy prisionera en mi propia casa por haber dado una brutal paliza a una
maldita zorra que llevaba tiempo buscándolo. —Dejé el cepillo sobre el
lavamanos y me apoyé en el borde, bajando el rostro, abatida—. Fui una maldita
estúpida: nunca debí caer en su maldito juego. —Sacudí la cabeza con pesar,
incapaz de evitar sentirme cabreada conmigo misma: ¿cómo demonios había sido
tan idiota?
<<A
veces el razonamiento pierde su lógica>>.
La voz de mi
conciencia se había convertido en la única compañía con la que pasar las largas
horas de mi encierro para que no acabara subiéndome por las paredes: hacía
tiempo que había dejado de contar los días desde la última vez que había puesto
un pie en la calle -creo que desde que había empezado a montármelo con el poli-,
y me había refugiado en mi subconsciente para sobrellevar mi situación de la
mejor manera posible hasta cumplir la maldita condena.
Todo por
perder el control ante una provocación.
—Para mí
eres perfecta —insistió, poniéndose finalmente en pie para empezar a vestirse,
con desánimo—. El motivo por el que un juez te ha sentenciado a llevar ése
aparato para tenerte controlada, no influye en absoluto sobre lo que he
empezado a sentir por ti. —Volví la cabeza para mirarle por encima de mi
hombro, intentando reprimir un bufido de rabia: ¿por qué demonios tenía que
poner las cosas tan difíciles?
—Creía que
esto era tan sólo algo temporal para los dos —le espeté con una frialdad que
incluso logró sorprenderme a mí misma.
Clavó su
mirada en mis ojos, visiblemente perplejo ante mi mordaz respuesta hacia su
declaración, aunque permaneció en silencio.
Era obvio
que ambos nos habíamos tomado aquel romance con distintos puntos de vista.
—Será mejor
que me largue —dijo entonces, mientras cogía su ropa del rincón dónde la había
tirado en cuanto el calentón había ido mucho más allá—. Ortiz debe estar a
punto de llegar, y yo debería de estar bajando ya las escaleras.
No moví ni
un sólo músculo. Necesitaba estar a solas, sobre todo después de nuestras
últimas palabras. Esperé en silencio a que se acabara de vestir para luego
salir del baño sin ni siquiera intercambiar una última mirada conmigo. Segundos
después, escuché cómo la puerta principal se cerraba con un suave portazo.
Solté un
suspiro.
Tal vez las
cosas eran mejor así.
* * * * *
Habían
pasado un par de horas desde que Dylan se había largado, y su compañero todavía
no había llegado.
Me acerqué
al enorme ventanal de la puerta del balcón por enésima vez en los últimos
minutos, y eché un nuevo vistazo hacia la calle, esperando ver el coche de mi
niñero estacionado en el sitio donde solía aparcar siempre, cuando me
sorprendió ver que, efectivamente, ahí estaba.
Sin embargo,
el policía todavía no había subido a mi humilde piso. <<Tal vez acabe de
llegar>>, me dije, desviando la mirada a lo largo y ancho de la calle, decidí
darle unos diez minutos más para que subiera y tocara el timbre de mi puerta,
informándome así de que ya había llegado.
<<Para
mí eres perfecta>>.
La voz de mi
amante invadió mi cabeza, mientras yo apoyaba la frente contra el frío cristal,
fijando la mirada en la acera de enfrente.
<<El motivo
por el que un juez te ha sentenciado, no incluye en absoluto sobre lo que he
empezado a sentir por ti>>.
—Maldito
idiota —murmuré, frunciendo el ceño, intentado así controlar la furia que
parecía despertar de nuevo en mi interior—. ¿Por qué diantre has tenido que
fastidiarlo todo? ¿Por qué demonios había tenido que declararse? ¿Por qué no
había podido dejar las cosas tal y cómo estaban?
Yo me había
conformado con compartir con él el momento de comer, ver una película a media
tarde y acabar haciendo el amor de una manera única y desenfrenada en cualquier
rincón de mi casa.
No me había
ilusionado con nada más.
Tampoco lo
buscaba.
¿Por qué él
no había podido hacer lo mismo? <<Creo que tal y cómo han acabado hoy las
cosas, no creo que vuelva a venir>>, me dije, después de soltar un
suspiro y apartarme finalmente del
cristal. <<Y si vuelve, seguro que se mantendrá lo más distante posible
conmigo; y quizás sea lo mejor. Por cierto, ¿dónde diablos está Ortiz? Ya
debería de haber picado al timbre...>>.
Me dirigí
hacia a puerta de entrada, y miré por la mirilla para comprobar si acaso estaba
hablando por teléfono en el rellano -cosa que en parte podría preocuparme ya
que temía que Dylan hubiera decidido pedir que me quitaran su custodia, para
después confesar nuestro lío-, pero no había nadie.
Fue entonces
cuando me percaté de que la puerta del piso de enfrente estaba entreabierta. Fruncí
el ceño, extrañada: ¿acaso había ocurrido algo por lo que Ortiz había tenido
que intervenir? Tendría que seguir curioseando por la mirilla si quería
averiguarlo, pues no tenía intención de abrir la puerta y que me sorprendieran
cotilleando allí dónde no debía.
El sonido de
un teléfono móvil se dejó oír a través de la puerta entreabierta, haciendo eco
en el hueco de las escaleras.
Era el
teléfono de mi escolta. ¿Por qué diablos no atendía la llamada?
Empezaba a
ponerme nerviosa.
—Vamos,
vamos, vamos... —murmuré, poniéndome de puntillas—. ¿Dónde demonios estás? —El
silencio volvió a reinar en el ambiente.
La puerta
seguía entreabierta, y no parecía haber indicios de que hubiera realmente
actividad alguna en el piso de enfrente.
El teléfono
del policía empezó a sonar de nuevo, y el sonido no tardó en quedar amortiguado
cuando la puerta del piso de enfrente se cerró por fin.
Algo no iba
bien.
Llevaba poco
más de un año viviendo en aquel bloque, y jamás me había cruzado con mi
compañero de rellano, no sabía qué aspecto tenía, ni si realmente era un hombre
o una mujer.
Convivía
puerta a puerta con una persona completamente desconocida, algo a lo que hasta aquel
momento no le había dado demasiada importancia, pero que tras ver la puerta de
su piso entreabierta y que mi niñero policial no apareciera, había empezado a
crearme una angustiante alarma: empezaba a desear que Dylan estuviera todavía aquí
conmigo, que no se hubiera largado hasta que su compañero le hubiese relevado.
Tal y cómo
había hecho hasta el día anterior. <<LLámale>>, me ordené, aunque
no estaba muy convencida de que fuera a atender el teléfono si era yo quién le
llamaba. <<Explícale la extraña situación, por muy descabellada que
parezca, y pídele que regrese. Él resolverá éste misterio>>.
Por el momento, era todo cuánto podía
hacer.
Me aparté finalmente de la puerta, y me
dirigí hacia el comedor en busca del teléfono que me había proporcionado la
policía bajo la orden del juez Castro para llamar a mi examante.
* * * * *
—No sabía a
quién más recurrir. —Dylan volvió a marcar en su teléfono móvil el número de su
compañero, y se llevó el dichoso aparato al oído.
Empezaba a estar nervioso.
Hacía unos veinte minutos que había
regresado a mi casa, mostrándose frío -tal y cómo lo había esperado-: había
sido una suerte que me hubiese atendido el teléfono, y mucho más que hubiera
creído mis palabras -tal vez incluso había comprobado lo que le había contado
en cuánto había colgado el teléfono, antes de regresar-, y por el modo en cómo
me había mirado en cuánto yo le había abierto la puerta, supe que todavía
estaba cabreado conmigo, y que lo más seguro era que él también había decidido
dejar las cosas tal y cómo habían terminado.
—Sigue sin
responder a la llamada —la tensión que se reflejó en su tono de voz al
pronunciar aquellas palabras, y la manera en la que me miró cuando nuestros
ojos se encontraron, me informaron de que incluso él sospechaba de que algo
extraño estaba pasando. Incluso el teléfono de Ortiz no se había vuelto a
escuchar en el rellano—. Mierda —musitó
en un murmullo apenas audible, mientras se apartaba el teléfono de la oreja.
Me abracé a mí misma para intentar
entrar en calor.
Dylan se acercó a la ventana con el
ceño fruncido, y observó el exterior en silencio, pensativo.
Lo cierto es que era un hombre muy
atractivo, casi igual de perfecto que ésos polis de Homicidios que salían en
las series de televisión americana que yo solía ver: de estatura media y
complexión atlética, mostraba un aspecto de estar siempre en forma; solía
peinarse de un modo desenfadado -lo cual el hacía más irresistible todavía-, y
bajo sus perfectas cejas negras, unos preciosos ojos del mismo color ofrecían
una intensa mirada difícil de sostener.
— ¿Estás
segura de que era el teléfono de Ortiz el que estaba sonando en el piso de al
lado? —me preguntó entonces, sin volverse todavía hacia mí.
Alcé una
ceja, molesta por su insinuante pregunta: después de lo que ambos habíamos
compartido durante el último mes, ¿cómo podía duda en aquel momento de mi
palabra?
Lejos de querer empezar una nueva
discusión con aquel hombre que me había regalado los mejores orgasmos que jamás
había tenido, y al cuál había acabado rompiendo el corazón al insinuar que
nuestros momentos de sexo desenfrenado eran algo temporal para mí, decidí
convencerme a mí misma de que Dylan tan sólo estaba haciendo su trabajo para
intentar averiguar qué era lo que le había sucedido a su compañero.
Tan sólo debía de limitarme a dejar a
un lado lo personal, e intentar dar las respuestas correctas para que él
tuviera algo por dónde empezar a trabajar.
—Sí, así es —contesté finalmente,
estrechando el abrazo sobre mi cuerpo—. Después de que te largaras, estuve un
rato deambulando por el piso, esperando a que Ortiz llegara; como tardaba,
decidí que sería mejor prepararme algo de cenar, y ver un rato la televisión.
Pero seguía sin llegar. —Guardé silencio unos segundos para tomar aire—. Me
parecía raro que llegara tan tarde a realizar su custodia, por lo que me he
acercado a la ventana para ver si le veía llegar, cuando he visto su coche
aparcado en el mismo lugar que siempre. He esperado unos minutos -el tiempo
suficiente para que subiera y picara al timbre-, y al ver que ni siquiera daba
señales de vida, me he acercado a la puerta, y he mirado por la mirilla; es
entonces cuando he visto que la puerta del piso de enfrente estaba
entreabierta. —Finalmente, se volvió hacia mí, cómo si mis palabras le hubiesen
llamado la atención—. Entonces escuché cómo su teléfono empezó a sonar, pero no
respondía. Y cuando han intentado localizarle por segunda vez, la puerta se ha
cerrado. Sola. —Clavó sus ojos en los míos, cómo si intentara decidir si yo
estaba hablando en serio, o tan sólo le estaba tomando el pelo.
Sin embargo, el fuerte portazo que parecía
haber provenido del piso de enfrente logró que ambos nos quedáramos
clavados dónde estábamos, incapaces de mover ni un sólo músculo.
Incapaces de pronunciar palabra alguna.
Era como si el tiempo se hubiera
detenido momentáneamente, congelándonos en él.
—¿Qué
demonios ha sido eso? —preguntó finalmente en un murmullo, desviando la mirada
hacia la puerta principal del piso.
Yo tan sólo me limité a encogerme de
hombros.
Estaba aterrorizada.
Realmente había alguien viviendo
enfrente.
Alguien a quién jamás había visto.
Alguien que hasta entonces había
considerado prácticamente inexistente.
—Creo que ha
venido del piso de enfrente —agregué, con un ligero temblor en mi voz.
Se encaminó hacia la puerta, decidido a
averiguar de una vez por todas qué demonios era lo que estaba pasando, y al
llegar a la puerta, echó un vistazo hacia el exterior por la mirilla.
Su piel no tardó en empalidecer, y su
respiración empezó a entrecortarse.
No quería saber qué era lo que estaba
viendo.
No quería saber qué era lo que estaba
pasando.
Pero la malsana curiosidad siempre
lograba ganarme el pulso por el hecho de saber.
—¿Qué es lo
que ocurre, Dylan? —le pregunté, acercándome lentamente a él, a pesar de no
querer hacerlo—. ¿Qué es lo que estás viendo? —volvió lentamente su rostro
hacia mí, y pude ver que el terror se reflejaba en las bonitas facciones de su
rostro.
Estaba aterrado.
—Llama a la comisaría, y pide
refuerzos —ordenó en cuanto pareció recuperar el habla, mientras se llevaba una
mano hacia la cinturilla del pantalón para desenfundar su pistola, mientras
colocaba la otra sobre el pomo de la puerta, dispuesto a salir al rellano—. Que
se den prisa: alguien ha cometido un asesinato.



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