Segundo Premio - CONCURSO LITERARIO CREARTE 2020 - Ganador, categoría: cuento corto

 

Ganador cuento corto, Patricia Youssef 

                                                                                      Correo: escritoraenlasmilyunalunas@gmail.com

Puerta a puerta con la muerte

—La verdad es que ésa tobillera me da cierto morbo —me susurró Dylan, cogiéndome con fuerza por la cadera mientras yo no paraba de cabalgarle, concentrada: ¿De veras tenía que fijarse en aquel estúpido chisme en un momento cómo aquel?—. Es señal de que has sido muy, muy mala... —incliné mi cuerpo hacia atrás cuando un fuerte orgasmo me recorrió el cuerpo, notando cómo su duro miembro parecía adentrarse más en mi interior, alargando dulcemente el placer, hasta acabar apoyándome con cuidado sobre él, ralentizando el frenesí de mis caderas sobre su ombligo hasta detenerme.

Le sonreí cariñosamente antes de que me besara.

—No entiendo cómo ésta maldita cosa puede darte morbo —le dije todavía con voz entrecortada mientras esperaba a que el corazón volviera a latirme con normalidad—.  Es un recuerdo constante de que estoy prisionera en mi propia casa. —Mis piernas temblaban ligeramente debido al ejercicio practicado, y un súbito frío no tardó en envolverme en cuanto el sudor de mi piel empezó a enfriarse.

No estaba muy segura de la estabilidad de mis piernas en aquel momento, pero aun así decidí levantarme y vestirme: había perdido la noción del tiempo, pero algo me decía que su turno estaba a punto de finalizar, y su compañero de relevo no tardaría en aparecer para vigilarme cómo si fuese una criminal de alto riesgo.

Ni siquiera tenía derecho a un teléfono móvil o acceso a internet.

—Quisiera poder pasar las noches también contigo —se lamentó, todavía sin levantarse del lavabo. Le miré a través del espejo, y vi en sus ojos aquel brillo que desprendían siempre cada vez que llegaba el momento de vestirse y largarse—.  Las horas sin ti son un infierno  —agregó, apartando finalmente la mirada.

Yo no sabía qué decir.

Me sentía exactamente cómo él, y aquello lograba confundirme cada vez más: ni siquiera sabía cómo demonios habíamos comenzado todo, no recordaba en qué momento ambos habíamos bajado la guardia y habíamos acabado haciendo el amor de un modo salvaje en las distintas estancias de mi humilde piso.

Sin embargo, sí era consciente del riesgo que suponía que un agente de policía mantuviera relaciones íntimas con una presa, y aunque en más de una ocasión me había planteado el hecho de decirle que se había terminad,o fuera lo que fuese lo que ambos teníamos, no me había sentido capaz de hacerlo: estar con él aunque fuese durante ocho míseras horas se había convertido en una necesidad para mí de tal modo, que incluso llegaba a asustarme.

—No soy ése tipo de mujer con la que un hombre pasaría el resto de su vida  —musité en un murmullo, mientras me peinaba con rapidez, evitando devolverle la mirada a través del espejo—. Menos cuando estoy prisionera en mi propia casa por haber dado una brutal paliza a una maldita zorra que llevaba tiempo buscándolo. —Dejé el cepillo sobre el lavamanos y me apoyé en el borde, bajando el rostro, abatida—. Fui una maldita estúpida: nunca debí caer en su maldito juego. —Sacudí la cabeza con pesar, incapaz de evitar sentirme cabreada conmigo misma: ¿cómo demonios había sido tan idiota?

<<A veces el razonamiento pierde su lógica>>.

La voz de mi conciencia se había convertido en la única compañía con la que pasar las largas horas de mi encierro para que no acabara subiéndome por las paredes: hacía tiempo que había dejado de contar los días desde la última vez que había puesto un pie en la calle -creo que desde que había empezado a montármelo con el poli-, y me había refugiado en mi subconsciente para sobrellevar mi situación de la mejor manera posible hasta cumplir la maldita condena.

Todo por perder el control ante una provocación.

—Para mí eres perfecta —insistió, poniéndose finalmente en pie para empezar a vestirse, con desánimo—. El motivo por el que un juez te ha sentenciado a llevar ése aparato para tenerte controlada, no influye en absoluto sobre lo que he empezado a sentir por ti. —Volví la cabeza para mirarle por encima de mi hombro, intentando reprimir un bufido de rabia: ¿por qué demonios tenía que poner las cosas tan difíciles?

—Creía que esto era tan sólo algo temporal para los dos —le espeté con una frialdad que incluso logró sorprenderme a mí misma.

Clavó su mirada en mis ojos, visiblemente perplejo ante mi mordaz respuesta hacia su declaración, aunque permaneció en silencio.

Era obvio que ambos nos habíamos tomado aquel romance con distintos puntos de vista.

—Será mejor que me largue —dijo entonces, mientras cogía su ropa del rincón dónde la había tirado en cuanto el calentón había ido mucho más allá—. Ortiz debe estar a punto de llegar, y yo debería de estar bajando ya las escaleras.

No moví ni un sólo músculo. Necesitaba estar a solas, sobre todo después de nuestras últimas palabras. Esperé en silencio a que se acabara de vestir para luego salir del baño sin ni siquiera intercambiar una última mirada conmigo. Segundos después, escuché cómo la puerta principal se cerraba con un suave portazo.

Solté un suspiro.

Tal vez las cosas eran mejor así.

 

* * * * *

 

Habían pasado un par de horas desde que Dylan se había largado, y su compañero todavía no había llegado.

Me acerqué al enorme ventanal de la puerta del balcón por enésima vez en los últimos minutos, y eché un nuevo vistazo hacia la calle, esperando ver el coche de mi niñero estacionado en el sitio donde solía aparcar siempre, cuando me sorprendió ver que, efectivamente, ahí estaba.

Sin embargo, el policía todavía no había subido a mi humilde piso. <<Tal vez acabe de llegar>>, me dije, desviando la mirada a lo largo y ancho de la calle, decidí darle unos diez minutos más para que subiera y tocara el timbre de mi puerta, informándome así de que ya había llegado.

<<Para mí eres perfecta>>.

La voz de mi amante invadió mi cabeza, mientras yo apoyaba la frente contra el frío cristal, fijando la mirada en la acera de enfrente.

<<El motivo por el que un juez te ha sentenciado, no incluye en absoluto sobre lo que he empezado a sentir por ti>>.

—Maldito idiota —murmuré, frunciendo el ceño, intentado así controlar la furia que parecía despertar de nuevo en mi interior—. ¿Por qué diantre has tenido que fastidiarlo todo? ¿Por qué demonios había tenido que declararse? ¿Por qué no había podido dejar las cosas tal y cómo estaban?

Yo me había conformado con compartir con él el momento de comer, ver una película a media tarde y acabar haciendo el amor de una manera única y desenfrenada en cualquier rincón de mi casa.

No me había ilusionado con nada más.

Tampoco lo buscaba.

¿Por qué él no había podido hacer lo mismo? <<Creo que tal y cómo han acabado hoy las cosas, no creo que vuelva a venir>>, me dije, después de soltar un suspiro y  apartarme finalmente del cristal. <<Y si vuelve, seguro que se mantendrá lo más distante posible conmigo; y quizás sea lo mejor. Por cierto, ¿dónde diablos está Ortiz? Ya debería de haber picado al timbre...>>.

Me dirigí hacia a puerta de entrada, y miré por la mirilla para comprobar si acaso estaba hablando por teléfono en el rellano -cosa que en parte podría preocuparme ya que temía que Dylan hubiera decidido pedir que me quitaran su custodia, para después confesar nuestro lío-, pero no había nadie.

Fue entonces cuando me percaté de que la puerta del piso de enfrente estaba entreabierta. Fruncí el ceño, extrañada: ¿acaso había ocurrido algo por lo que Ortiz había tenido que intervenir? Tendría que seguir curioseando por la mirilla si quería averiguarlo, pues no tenía intención de abrir la puerta y que me sorprendieran cotilleando allí dónde no debía.

El sonido de un teléfono móvil se dejó oír a través de la puerta entreabierta, haciendo eco en el hueco de las escaleras.

Era el teléfono de mi escolta. ¿Por qué diablos no atendía la llamada?

Empezaba a ponerme nerviosa.

—Vamos, vamos, vamos... —murmuré, poniéndome de puntillas—. ¿Dónde demonios estás? —El silencio volvió a reinar en el ambiente.

La puerta seguía entreabierta, y no parecía haber indicios de que hubiera realmente actividad alguna en el piso de enfrente.

El teléfono del policía empezó a sonar de nuevo, y el sonido no tardó en quedar amortiguado cuando la puerta del piso de enfrente se cerró por fin.

Algo no iba bien.

Llevaba poco más de un año viviendo en aquel bloque, y jamás me había cruzado con mi compañero de rellano, no sabía qué aspecto tenía, ni si realmente era un hombre o una mujer.

Convivía puerta a puerta con una persona completamente desconocida, algo a lo que hasta aquel momento no le había dado demasiada importancia, pero que tras ver la puerta de su piso entreabierta y que mi niñero policial no apareciera, había empezado a crearme una angustiante alarma: empezaba a desear que Dylan estuviera todavía aquí conmigo, que no se hubiera largado hasta que su compañero le hubiese relevado.

Tal y cómo había hecho hasta el día anterior. <<LLámale>>, me ordené, aunque no estaba muy convencida de que fuera a atender el teléfono si era yo quién le llamaba. <<Explícale la extraña situación, por muy descabellada que parezca, y pídele que regrese. Él resolverá éste misterio>>.

         Por el momento, era todo cuánto podía hacer.

         Me aparté finalmente de la puerta, y me dirigí hacia el comedor en busca del teléfono que me había proporcionado la policía bajo la orden del juez Castro para llamar a mi examante.

 

* * * * *

 

—No sabía a quién más recurrir. —Dylan volvió a marcar en su teléfono móvil el número de su compañero, y se llevó el dichoso aparato al oído.

         Empezaba a estar nervioso.

         Hacía unos veinte minutos que había regresado a mi casa, mostrándose frío -tal y cómo lo había esperado-: había sido una suerte que me hubiese atendido el teléfono, y mucho más que hubiera creído mis palabras -tal vez incluso había comprobado lo que le había contado en cuánto había colgado el teléfono, antes de regresar-, y por el modo en cómo me había mirado en cuánto yo le había abierto la puerta, supe que todavía estaba cabreado conmigo, y que lo más seguro era que él también había decidido dejar las cosas tal y cómo habían terminado.

—Sigue sin responder a la llamada —la tensión que se reflejó en su tono de voz al pronunciar aquellas palabras, y la manera en la que me miró cuando nuestros ojos se encontraron, me informaron de que incluso él sospechaba de que algo extraño estaba pasando. Incluso el teléfono de Ortiz no se había vuelto a escuchar en el rellano—.  Mierda —musitó en un murmullo apenas audible, mientras se apartaba el teléfono de la oreja.

         Me abracé a mí misma para intentar entrar en calor.

         Dylan se acercó a la ventana con el ceño fruncido, y observó el exterior en silencio, pensativo.

         Lo cierto es que era un hombre muy atractivo, casi igual de perfecto que ésos polis de Homicidios que salían en las series de televisión americana que yo solía ver: de estatura media y complexión atlética, mostraba un aspecto de estar siempre en forma; solía peinarse de un modo desenfadado -lo cual el hacía más irresistible todavía-, y bajo sus perfectas cejas negras, unos preciosos ojos del mismo color ofrecían una intensa mirada difícil de sostener.

— ¿Estás segura de que era el teléfono de Ortiz el que estaba sonando en el piso de al lado? —me preguntó entonces, sin volverse todavía hacia mí.

Alcé una ceja, molesta por su insinuante pregunta: después de lo que ambos habíamos compartido durante el último mes, ¿cómo podía duda en aquel momento de mi palabra?

         Lejos de querer empezar una nueva discusión con aquel hombre que me había regalado los mejores orgasmos que jamás había tenido, y al cuál había acabado rompiendo el corazón al insinuar que nuestros momentos de sexo desenfrenado eran algo temporal para mí, decidí convencerme a mí misma de que Dylan tan sólo estaba haciendo su trabajo para intentar averiguar qué era lo que le había sucedido a su compañero.

         Tan sólo debía de limitarme a dejar a un lado lo personal, e intentar dar las respuestas correctas para que él tuviera algo por dónde empezar a trabajar. 

         —Sí, así es —contesté finalmente, estrechando el abrazo sobre mi cuerpo—. Después de que te largaras, estuve un rato deambulando por el piso, esperando a que Ortiz llegara; como tardaba, decidí que sería mejor prepararme algo de cenar, y ver un rato la televisión. Pero seguía sin llegar. —Guardé silencio unos segundos para tomar aire—. Me parecía raro que llegara tan tarde a realizar su custodia, por lo que me he acercado a la ventana para ver si le veía llegar, cuando he visto su coche aparcado en el mismo lugar que siempre. He esperado unos minutos -el tiempo suficiente para que subiera y picara al timbre-, y al ver que ni siquiera daba señales de vida, me he acercado a la puerta, y he mirado por la mirilla; es entonces cuando he visto que la puerta del piso de enfrente estaba entreabierta. —Finalmente, se volvió hacia mí, cómo si mis palabras le hubiesen llamado la atención—. Entonces escuché cómo su teléfono empezó a sonar, pero no respondía. Y cuando han intentado localizarle por segunda vez, la puerta se ha cerrado. Sola. —Clavó sus ojos en los míos, cómo si intentara decidir si yo estaba hablando en serio, o tan sólo le estaba tomando el pelo.

         Sin embargo, el fuerte portazo que parecía haber provenido del piso de enfrente logró que ambos nos quedáramos clavados dónde estábamos, incapaces de mover ni un sólo músculo.

         Incapaces de pronunciar palabra alguna.

         Era como si el tiempo se hubiera detenido momentáneamente, congelándonos en él.

—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó finalmente en un murmullo, desviando la mirada hacia la puerta principal del piso.

         Yo tan sólo me limité a encogerme de hombros.

         Estaba aterrorizada.

         Realmente había alguien viviendo enfrente.

         Alguien a quién jamás había visto.

         Alguien que hasta entonces había considerado prácticamente inexistente.

—Creo que ha venido del piso de enfrente —agregué, con un ligero temblor en mi  voz.

         Se encaminó hacia la puerta, decidido a averiguar de una vez por todas qué demonios era lo que estaba pasando, y al llegar a la puerta, echó un vistazo hacia el exterior por la mirilla.

         Su piel no tardó en empalidecer, y su respiración empezó a entrecortarse.

         No quería saber qué era lo que estaba viendo.

         No quería saber qué era lo que estaba pasando.

         Pero la malsana curiosidad siempre lograba ganarme el pulso por el hecho de saber.

—¿Qué es lo que ocurre, Dylan? —le pregunté, acercándome lentamente a él, a pesar de no querer hacerlo—. ¿Qué es lo que estás viendo? —volvió lentamente su rostro hacia mí, y pude ver que el terror se reflejaba en las bonitas facciones de su rostro.

         Estaba aterrado.

—Llama a la comisaría, y pide refuerzos —ordenó en cuanto pareció recuperar el habla, mientras se llevaba una mano hacia la cinturilla del pantalón para desenfundar su pistola, mientras colocaba la otra sobre el pomo de la puerta, dispuesto a salir al rellano—. Que se den prisa: alguien ha cometido un asesinato.

 













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